viernes, mayo 18, 2007

Ayer desayuné al lado de un hombre que tomaba notas en un cuaderno Moleskine. Como si fuese un naturalista del siglo XIX, el hombre escribía las impresiones que le causaba la ciudad y hacía bonitos dibujos, con tinta negra, de edificios y monumentos. El resultado era una hermosura, un cuaderno de viaje a través del cual, su dueño podría revivir una y otra vez las sensaciones que tuvo durante aquellos días de primavera en Madrid.


Le envidié porque daría lo que fuese por ser capaz de crear algo tan bello, sin aparente esfuerzo, disfrutando durante el proceso de creación y anticipando los placeres interminables que algo tan sencillo le depararía en el futuro. Le admiré por la valentía y habilidad que supone el hacer versiones definitivas desde el principio. No poder corregir, o borrar. Plasmar en papel la música que suena en su interior.
Le envidié y admiré antes de tener que volver a la realidad de la ciudad sucia y el trabajo aburrido.